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Poco para festejar: el sector vitivinícola argentino enfrenta un año muy difícil debido a una crisis de oferta combinada con problemas comerciales

Cuáles son las causas de la crisis.
Poco para festejar: el sector vitivinícola argentino enfrenta un año muy difícil debido a una crisis de oferta combinada con problemas comerciales

El sector vitivinícola cuyano –como otras economías regionales– viene arrastrando problemas hace años. Pero en 2019 tendrá que atravesar una serie de dificultades adicionales que, en caso de no resolverse satisfactoriamente, no serán inmunes en términos sociales.

“Todo indica que este año la cosecha será buena en cuanto a volumen –dependiendo de la variedad de uva– en un contexto de altos stocks de vinos según la información del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) y lo que expone la industria, lo que implica que las bodegas, además de reducir las compras programadas, podrían terminar pagando precios en pesos similares a los abonados el año pasado, con la licuación de valor que eso representa por efecto de la inflación”, explica Alan Fillmore, integrante de los grupos CREA Arauco, Huarpe y Olivícola San Juan (región de Valles Cordilleranos). “No puede descartarse que en el presente año una gran proporción de la cosecha no llegue a recolectarse por falta de recursos económicos”, añade en un artículo publicado por la Revista CREA.

Los cambios macroeconómicos abruptos tienen especial incidencia en aquellas actividades que, como la vitícola, tienen poco margen de acción al depender de cultivos plurianuales que requieren la realización de grandes inversiones con mucha anticipación.

Luego de cosechar las uvas entre febrero y abril, la mayor parte de los empresarios vitícolas entregan la uva a bodegas, las cuales, luego de acordar el precio por abonar, pagan el saldo total en ocho a diez cuotas deduciendo las transferencias en concepto de anticipos de cosecha y acarreo.

La cuestión es que cuando comenzaron a cobrar la cosecha 2018 –mayo/junio del año pasado– la devaluación del peso argentino licuó los ingresos en dólares de los productores al tiempo que incrementó de manera significativa los costos dolarizados (fertilizantes, agroquímicos, combustibles y tarifas eléctricas). Si bien el costo real de la mano de obra (pesificado) se redujo, tal disminución no llegó a compensar la caída de ingresos.

“Las tarifas energéticas aumentaron de manera significativa y buena parte del componente de las mismas está integrado por impuestos nacionales, provinciales e incluso municipales. Creemos que eso atenta con una actividad que es una gran generadora de mano de obra en la región. Estamos en una zona que depende del riego para producir y los incrementos de tarifas cada vez tienen una mayor incidencia sobre los costos operativos”, comenta Alan.

En 2018 el consumo interno de vinos registró un volumen de 8385 millones de litros, una cifra 6% menor a la del año 2017, según datos de Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV).

La exportación, si bien registró un crecimiento en volumen del 23,5% (con colocaciones el año pasado de 2756 millones de litros versus 2232 millones en 2017), en facturación apenas creció 1,5% al sumar 822 millones de dólares versus 809 M/u$s en 2017. Eso ocurrió porque disminuyó la venta externa de vino embotellado (con un valor FOB promedio de 4,40 u$s/litro versus 3,98 u$s/litro en 2017), mientras que aumentó la exportación de vino a granel (con un precio promedio de apenas 0,76 u$s/litro versus 1,46 u$s/litro en 2017). Es decir: el negocio exportador se “primarizó”.

La competitividad cambiaria generada por la depreciación de la moneda –que prometía a comienzos del segundo semestre de 2018 un panorama auspicioso para las exportaciones de vino– pronto se evaporó por la reducción de reintegros a la exportación en agosto (que para el vino embotellado pasaron de 6,00% a 3,25%) y la introducción de derechos de exportación en septiembre de 3 pesos por cada dólar FOB (ver gráfico).

“En 2016 hubo una mala cosecha y eso permitió enmascarar temporariamente la crisis de oferta que se venía gestando y que estalló este año. Por otro lado, tenemos también una crisis de demanda porque nuestro principal cliente, el consumidor argentino, consume cada vez más cerveza en desmedro del vino”, apunta José Sola Cristóbal del CREA Huarpe

En el primer cuatrimestre de 2018, caracterizado por el “retraso cambiario”, incluso se importó vino desde Chile. Por entonces no era posible advertir que esa decisión contribuiría a amplificar la sobreoferta de vino un año después.

“Las bodegas cuentan un sobrestock equivalente al abastecimiento interno de unos ocho meses, al cual se suma la nueva cosecha. Esto es una catástrofe para el sector porque mucha de la uva que no va a ser comprada por la industria tendrá que ser procesada por los propios productores, algo que requiere un costo enorme en un momento en el cual el acceso al financiamiento es inviable por las elevadas tasas de interés”, señala Andrés Méndez Casariego del CREA Aconcagua.

En épocas normales la entrega de uva para elaboración propia de vino realizada por empresarios vitícolas se paga con un porcentaje que la bodega descuenta de la producción lograda. Pero este año, debido al exceso de oferta de vino y la falta de liquidez, ese negocio no será factible.

“Las condiciones actuales hacen que incluso las empresas vitícolas más eficientes tengan inconvenientes económicos y financieros, lo que implica que muchos productores que venían arrastrando problemas en los últimos años podrían quedar fuera del negocio, lo que generaría un impacto social negativo en la provincia”, indica Andrés.

Adicionalmente, en la presente campaña el Instituto Nacional de Vitivinicultura, tal como hacía regularmente, no publicó pronósticos de producción de uva. Y eso incrementa la incertidumbre al no contar con proyecciones sobre el volumen de oferta esperado.

El artículo completo puede leerse en la última edición de la Revista CREA.

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