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Terminó el paro agropecuario: pero los problemas siguen

La medida de fuerza generó nulos resultados.
Terminó el paro agropecuario: pero los problemas siguen

Terminó el paro agropecuario. No tiene sentido discutir el nivel de adhesión al mismo. Porque lo único importante es que, lejos de solucionar algo, los problemas presentes en el campo siguen vigentes.

Organizar un cese de comercialización de cinco días consecutivos en un período de crisis de ingresos no es precisamente una idea brillante. Esa protesta al gobierno nacional no le mueve un pelo porque, si necesita dólares, puede generarlos por medio de cobro de retenciones adelantadas (ROEs 180 y 365). Y a muchos productores les complicó aún más la vida en un momento en el que necesitan hacer caja urgente para pagar –entre otros compromisos– sueldos de trabajadores golpeadísimos por la inflación (que es la “retención” que los gobiernos populistas le cobran a los pobres).

Detener camiones para volcar granos sobre la ruta en represalia por no haber adherido al paro, además de constituir un delito contra la propiedad, es una falta moral grave en una nación con un tercio de la población que pasa hambre. Lo peor que puede ocurrir al enfrentar a un grupo de dementes es perder la cordura.

En términos de estrategia política, una cese de comercialización tan extenso contribuye a enfrentar a productores con productores, debilitando así el sentido de la protesta al desviar la atención hacia cuestiones lejanas al problema que se pretende resolver.

¿Cómo lograr entonces terminar con la opresión de un ejército de ocupación dispuesto a ponernos de rodillas para humillarnos a cualquier costo? Esa es la misma pregunta que se hicieron en algún momento de sus vidas Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. Ambos terminaron demostrando que la resistencia pacífica es la mejor (y probablemente la única) manera de liberarse de un tirano.

Durante el conflicto agropecuario de 2008 las movilizaciones contra el gobierno fueron multitudinarias porque la mayor parte de los argentinos –trabajasen o no en el campo– comprendieron que meterse con el agro era meterse también con ellos. La clave es que eso se logró más por errores groseros de comunicación del gobierno que por virtudes de la dirigencia agropecuaria.

Los estrategas kirchneristas aprendieron la lección: ya no hablan demás. Y los problemas actuales del agro argentino, que son mucho más graves que los presentes en 2008, ahora quedaron reducidos a una cuestión sectorial. Los dirigentes agropecuarios, en cambio, siguen empleando las mismas herramientas empleadas por entonces para intentar defenderse.

Ezequiel Tambornini

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