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Tipo de cambio indecididamente bajo: manual de instrucciones para empobrecer a una economía

Porqué es importante controlar a la inflación.
Tipo de cambio indecididamente bajo: manual de instrucciones para empobrecer a una economía

El tipo de cambio es un sistema de premios y castigos. Cuando es elevado se favorece a los exportadores, quienes, atentos a las oportunidades presentes en los mercados del orbe, aprovechan para hacer negocios al tiempo que generan divisas.

Exportar es jugar –más allá de que uno sea titular o suplente– en las ligas mundiales. Nos hace forzosamente más inteligentes. Importar insumos y tecnología es caro: el premio también es para aquellos que puedan elaborar aquí lo que puede traerse de afuera.

Cuando el tipo de cambio es decididamente bajo el premio es para los importadores. Las oportunidades que se presentan con un tipo de cambio alto son, en este caso, una amenaza, porque cualquiera puede traer aquí cualquier cosa producida en naciones en las cuales los derechos laborales y ambientales son literatura de ciencia ficción. Los trabajadores que aún conservan su empleo –recuerden los ‘90– experimentan una fiebre consumista al tener acceso a una oferta enorme de bienes. Las empresas pueden equiparse con tecnología importada a precios muy convenientes. Pero el mercado interno tiene un límite y se empobrece de manera progresiva.

La tercera alternativa es establecer un tipo de cambio bajo pero por impericia. Es decir: un tipo de cambio que, si bien inicialmente fue elevado con el propósito de poner a funcionar a la máquina generadora de divisas, con el tiempo termina siendo bajo por efecto de una inflación creciente. En este caso el poder de compra de los trabajadores no mejora. Pero tampoco lo hace la competitividad de las empresas con capacidad exportadora. El tipo de cambio indecididamente bajo implementa lo peor de los dos primeros sistemas.

Existen dos caminos para que un tipo de cambio indecididamente bajo pase a ser de nuevo efectivamente elevado. El primero es que profesionales calificados implementen una política de metas de inflación (tal como hacen nuestros vecinos Brasil y Chile). El segundo es distorsionar los precios relativos para intentar beneficiar a los principales sectores exportadores. Esto implica promover que los participantes más débiles de una cadena de valor “subsidien” a los más fuertes. Semejante medida, si se aplica de manera sistemática, puede terminar “quebrando” a toda una cadena de valor agroexportadora (averigüen qué pasó con los frigoríficos y los molinos harineros), porque los eslabones más débiles, luego de ser exprimidos hasta el cansancio, terminan hartándose o fundiéndose.

Con un solo tipo de cambio todos los jugadores saben que la pelota no puede tocarse con los brazos. Si el equipo necesita algún refuerzo, existen diversas opciones para mejorar su performance. Pero las reglas de juego en el campo son iguales para todos. En cambio, a medida que se distorsionan los precios relativos para introducir tipos de cambio diferenciales, llega un momento en el cual algunos jugadores de fútbol pueden terminar pareciendo de rugby, mientras que otros sólo pueden pegarle a la pelota con un palo de jockey.

Otro inconveniente del tipo de cambio indecididamente bajo es que se abaratan de manera notable los bienes importados. Una manera de impedir eso es bloquear o restringir las importaciones (con todos los descalabros que eso implica). Y si eso no es suficiente se puede intentar monopolizar el acceso a las divisas (medida no recomendable porque puede derivar en un desdoblamiento cambiario de hecho que podría perjudicar al sector inmobiliario). En cualquier caso, implementar un tipo de cambio bajo y decirle a la gente que no puede importar (o viajar: lo que se viene), es algo tan poco recomendable como pasar películas pornográficas en un convento.

Si usted vive en un país agroexportador que produce bienes súper demandados en el mundo, pero que cuenta con un tipo de cambio indecididamente bajo, tiene que saber que pueden empezar a ocurrir cosas raras, tales como el hecho de que empiecen a escasear divisas o que el déficit turístico (divisas ingresadas por extranjeros menos divisas gastadas por argentinos en el exterior) supere los 4500 millones de dólares en apenas seis meses.

Sin embargo, más allá de los avatares de la coyuntura, la clave está en responder –con absoluta sinceridad– tres preguntas. Las primeras dos son importantes. La última es crucial. ¿Está intacta la capacidad exportadora? ¿La demanda internacional de los bienes producidos sigue activa? ¿Vamos a implementar las condiciones necesarias para premiar a los generadores genuinos de divisas?

Ezequiel Tambornini

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