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Argentina sigue siendo el país de la mentira: cambiemos

Disfraces conceptuales que luego pueden terminar saliendo caros.
Argentina sigue siendo el país de la mentira: cambiemos

Peor que ser mentiroso es mentirse a uno mismo. Porque esa es la primera señal de que, algo que debe cambiar, no lo va a hacer nunca.

Un presidente dice que tiene un plan para producir un millón de autos por año. Pero el término correcto es ensamblar. Porque Argentina no produce autos. Ni tiene las condiciones necesarias para hacerlo. De hecho existen subsidios para automotrices que logren alcanzar una integración del 30% de autopartes nacionales. Copien un libro de otro y luego reescriban un 30% del mismo. Vayan a una editorial y digan que escribieron el libro. Prueben a ver qué pasa.

Funcionarios provinciales, dirigentes (pseudo) empresarios y sindicalistas dicen que existe una avalancha de importaciones que perjudica a la industria argentina. No es cierto. Pero aunque lo fuera, en una nación civilizada no habría cabida para quejas tan simiescas, pues una de las bases del acuerdo social es la libertad de comercio (entre otras muchas libertades). Quejarse por las importaciones, en términos conceptuales, implica también validar las restricciones a las exportaciones, que en la Argentina destruyeron la producción de trigo y provocaron un holocausto bovino en el cual murieron más de diez millones de animales.

Economistas buscan las excusas más insólitas para asegurar que el tipo de cambio real argentino no está sobreapreciado. Muchas agroindustrias exportadoras crujen. Incluso con la promesa de reintegros. Seguramente parte del problema reside en la presión impositiva, regulaciones burocráticas, infraestructura, acceso a mercados externos, disponibilidad de oferta de trabajadores capacitados y financiamiento accesible. Pero todo eso lleva mucho tiempo. El primer paso para comunicar al sector exportador que debe ponerse en marcha es un tipo de cambio adecuado.

Funcionarios nacionales dicen que no habrá necesidad de que las industrias lácteas despidan personal. Dirigentes gremiales del sector aseguran que no aceptarán despidos. Pero si la oferta argentina de leche se derrumbó, entonces la capacidad instalada de la industria láctea quedó sobredimensionada. Lo ideal, por supuesto, hubiese sido que la producción no cayera, que las exportaciones crecieran, que se ganaran nuevos mercados. Pero eso no ocurrió. Así que las industrias lácteas –si quieren sobrevivir– deben adaptar su estructura a la oferta de leche disponible. Por más doloroso que sea.

Funcionarios nacionales insisten en emplear palabras amables para dialogar con dirigentes de organizaciones sociales cuyo único propósito, en el mejor de los casos, reside en promover el caos para solicitar más dinero a cambio de calmas transitorias. Caos que dificulta o directamente hace inviable que la gente trabajadora pueda desarrollar sus actividades. Gente trabajadora que, al pagar impuestos, son precisamente quienes generan los recursos necesarios para financiar los piquetes organizados.

La salud mental de una comunidad podría medirse entre el nivel de correspondencia presente entre la realidad de los hechos y la enunciación de los mismos. El hecho de que una persona como Donald Trump haya sido elegido presidente de EE.UU. no necesariamente indica que todos sus votantes estén de acuerdo sus propuestas. Es más bien una señal del cansancio hacia los políticos de manual acostumbrados a decir lo contrario de lo que piensan.

Las palabras tienen su propia economía. Cuando se las emplea por demás, pierden valor. Cuando se las usa sin sustento, se degradan. Cuando no se corresponden con los hechos, dejan de tener peso específico propio. Y así es como vamos devaluando uno de los principales instrumentos que tenemos para crear lazos de confianza con los otros.

Actuar como pensamos y pensar como hablamos es la decisión económica más conveniente que puede tomar cualquier organización. Hacer lo contrario –a menos que seamos auténticos psicópatas– implica exponerse a una serie de riesgos que luego podrían terminar siendo más onerosos que el daño que se pretendió evitar al ocultar algo considerado oprobioso. Cambiemos.

Ezequiel Tambornini

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